Cumpleaños cascarrabias

Un poco de drama

En los últimos años me he negado a decir cuándo cumplo años. Decir mi edad no es un problema, pero recordarle a la gente cuándo nací con fines festivos ya no es algo que me llame la atención. Esto lo decidí en un cumpleaños en el que la gente que me importaba que estuviera en mi celebración simplemente no llegó y hasta días después dieron señales de vida disculpándose por no haber ido y por no haberme felicitado en el mero día. Eso ya es veneno de antaño.

Las redes sociales, principalmente Facebook, se han encargado de ofrecernos una herramienta para avisarle a nuestros contactos qué día cumplimos años y hasta te preparan una felicitación con muchos colores y confetis cibernéticos. Qué emo-ci-ción. Gracias Mark Zuckerberg, no es necesario que te molestes.

Los cumpleaños son padrísimos y aunque solo esté una persona a tu lado, es más que suficiente para sentirte feliz de estar otro año más en el mundo. Es curioso que ya de grandes poco te importa recibir regalos como cuando eres niño, cuando realmente te valía madres quien llegara a tu fiesta, el chiste era que llegara con un maldito regalo. Poco importaba si tu mamá hacía pozole, lentejas o diera puras gelatinas verdes para cantarte las mañanitas con tu pastel noventero lleno de betún empalagoso.

Ya de grande te das de brincos si es que al menos tus amigos más cercanos tengan tiempo de acompañarte en tu festejo –y de que se acuerden– aunque terminen en el mismo bar al que van cada semana y no haya serpentinas ni las mañanitas de Cepillín de fondo. Sin embargo, a veces pareciera que nos importan más las felicitaciones por Facebook, aunque ni sepas quién ni de dónde lo conoces o porque lo tienes agregado.

Hace tiempo vi que una amiga publicaba que agradecía las felicitaciones sinceras de unos, pero que le molestaba que justamente gente que ni en persona se saludan, le escribieran por su cumpleaños, cuánta hipocresía, decía. ¿Quién te entiende, pues?

Tengo amigos a los que les encanta hacer la cuenta regresiva para festejar su cumpleaños. Día por día van restando días en el calendario y publicando en Facebook los posibles planes que pueden tener para irse a festejar cómo se debe. Hasta se rompen la cabeza pensando en qué vestirán ese día para deslumbrar al llegar a las puertas del lugar pactado para el festejo.

Sin embargo, en el fondo, más allá de la felicidad y emoción que transmiten por hacerse un año más viejos o por sobrevivir uno más a este mundo tan mierdero en que el vivimos con tantos hechos tan violentos, veo toda una tonelada de estrés por hacer de su cumpleaños la celebración del año y que no pasen desapercibidos.

A veces pareciera una competencia entre nuestros propios amigos por ver quién tiene el festejo más genial, cuántos invitados han logrado reunir en su festejo y analizar con lupa quién sí merece tu invitación y a quiénes dejarás fuera.

Recuerdo a mi amiga “Pancracia” que en alguna ocasión invitó a todo el reino de su cuadra para para irnos a bailar y el resultado de esa noche fue desastroso. Ni la Cenicienta había sufrido tanto para ir al baile de la monarquía.

Primero, porque hizo pública sus intenciones de irse a festejar a lo grande y cuando personas que no son tan cercanas dijeron que ellos sin pena alguna se sumarían, desató un martirio de lo que sería su próximo infierno cumpleañero. Molesta dijo que porqué gente con la que ni convive tanto iría a su fiesta y le dije que ella tenía la culpa por no limitarse a sus más cercanos y ahora, como fue consecutivo, ya no sabría con qué excusa desinvitarlos.

El segundo drama es que los que sí confirmaron que irían, supuestamente, al final nunca llegaron. Yo fiel acompañante de festejos, fui la primera en llegar, rezando que mi amiga no se suicidara porque ya habían pasado 20 minutos y nadie más había llegado. La encontré pegada al teléfono, endemoniada porque la gente siempre es impuntual. Le dije que no hiciera tanto drama, que seguro el burro en el que iban se había atrofiado o alguna otra razón de fuerza mayor impedía a sus invitados llegar a tiempo.

De los casi 50 amigos a los que invitó solo llegamos seis y el drama fue peor. Entiendo que uno piensa que es el centro del universo y por eso todo mundo llegará a nuestros festejos, pero esa noche “Pancracia” ni disfrutó la noche y lo que más me caló en mi corazoncito es que dijo, “ya ni mi gasto en este vestido súper padre, para que el último nadie viniera”.

¿Es en serio, estúpida? Ahí estábamos seis amigas dispuestas a emborracharnos y gastar casi 400 pesos por ti para que no te quedaras sola y amargada en tu casa. En fin, recuerdo que las fotos que intentamos tomarnos fueron con la consigna de que se viera que lo pasábamos genial para que los que no fueron –por culeros, como dijo “Pancracia”– se arrepintieran de sus pecados por no haber ido.

Otro drama muy común para el cumpleañero es reservar algún lugar para congregar a sus plebeyos. El problema es el mismo si la gente no llega y tienes la presión del reloj y del mesero por llenar tus mesas y no pases la vergüenza pública que todo el mundo se dé cuenta de que pocos llegaron a tu convocatoria y tienen que darle alguna de sus mesas a otros que sí llegaron a otra cita. Una vez, un amigo hasta se hizo de palabras porque le quitaron varias sillas, dio pésimas recomendaciones del restaurante que ni culpa tenía porque los invitados no llegaron.

En otra ocasión, otro amigo –tengo muchos– hizo su llamado real para su festejo, todos fuimos, nos abrazamos y bebimos con él, la borrachera iba genial hasta que poco a poco se fueron los invitados y nos quedamos unos cuantos tratando de resolver la cuenta millonaria que nos querían cobrar por todo lo consumido. Mi amigo jamás se puso las pilas para llevar un control sobre la única cuenta a la que sumaba cada consumo. Mi amigo terminó encabronado y pagando como 500 pesos de más para no terminar empeñado y lavando los trastes del restaurante. Ahorita nos da risa, pero en el momento de verdad se amarga el festejo.

Tampoco es obligación ir a un festejo, a veces simplemente no se puede. Desde que borré mi fecha de cumpleaños de Facebook he llevado mis cumpleaños más tranquilos, sin preocuparme de si “Perenganito”, al que sí felicité en su día, me vaya a escribir por compromiso porque Mark Zuckerberg le recordó que ese día me vuelvo más vieja.

Con los años aprendí quien puede y quiere estará en tu festejo y hará lo imposible por mandarte una paloma mensajera para felicitarte o llegará aunque sea en los últimos cinco minutos y hacer del encuentro algo disfrutable. A la gente que le importas está al pendiente de tu día cumpleañero y no necesita de las redes sociales para recordarlo, y si no, de todos modos te buscará con la firme intención de irte a celebrar aunque tú no lo tengas planeado.

Nada pasa si también nadie te felicita o celebra cómo tú esperas –la gente no lo hace con dolo– también es muy chido quedarte en tu casa y tomarte una cervecita en calzones y haciendo cuentas sobre los planes o metas que tenías que cumplir al llegar a cierta edad y reírte de que nada de eso has hecho.

Ilustración de @jaimejohnston7

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Norma Gutiérrez

Desde 2009 soy reportera. Soy dramática por gusto propio y le doy vueltas hasta el cansancio a cada problema. Tengo doctorado en relaciones amorosas tóxicas.

RosaDistrito

En este blog Kike Esparza habla desde su experiencia, nueve años en el periodismo le han permitido adentrarse y disfrutar de tópicos como el cine, la música, la moda y la diversidad. Rosa Distrito es el espacio que disfrutamos todos.

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