Jennifer López es fantasía, pero el deseo entre dos hombres es el corazón de “El beso de la mujer araña”

“El beso de la mujer araña” es, ante todo, un clásico latinoamericano que funde la opresión con la magia, el glamour y una cierta idea de divinidad. En esta nueva adaptación musical dirigida por Bill Condon, basada en la novela de Manuel Puig, la historia vuelve a encontrar su fuerza en el encierro: dos hombres presos en una cárcel argentina que, para sobrevivir, evaden la realidad a través del relato, la imaginación y el deseo de uno de ellos.

Los musicales siempre me han encantado, y este no es la excepción. Bill Condon sabe cómo hacerlos y domina el lenguaje del género; sin embargo, a diferencia de otros trabajos suyos, aquí siento que la película —que apela de manera directa a nuestro contexto latino— se queda corta en profundidad.

Y resulta inevitable pensarlo ahora, cuando el conservadurismo, la represión y las amenazas autoritarias vuelven a colocarse en el centro de la conversación. No hablo de la miseria cotidiana de “Molina” (Tonatiuh Elizarraraz) y “Valentín” (Diego Luna), esa está bien retratada, sino de los números musicales y de las alegorías que “Molina” construye para darle vida a su diva favorita, interpretada por Jennifer López.

La actuación y el performance de Lopez son exquisitos, casi impecables desde lo técnico y lo visual. Su presencia es magnética y cumple con creces la idea de diva clásica que la película necesita.

Pero echo de menos una narrativa más vulnerable, más arriesgada emocionalmente. Todo parece quedarse en la superficie, en una estilización que coquetea con el melodrama latinoamericano sin terminar de abrazarlo con verdadera pasión.

La dirección se siente, por momentos, demasiado artificial, y no puedo evitar preguntarme si esto tiene que ver con que Condon no termina de comprender, desde la raíz, la idiosincrasia latina que la historia exige.

Si alguien llega a la sala sin conocer el trasfondo de “El beso de la mujer araña” y se deja llevar únicamente por el elenco, podría pensar que la protagonista es Jennifer Lopez. Pero no lo es. Ella es la ensoñación del filme, la cereza del pastel, el recurso narrativo que sirve para contar la tragedia —y también la ternura— de dos hombres que, en la convivencia forzada, comienzan a encariñarse y a ir más allá de sus propias barreras.

López recrea ese sueño divino tan familiar para muchos de nosotros como homosexuales: el vínculo casi sagrado con mujeres que parecen diosas, que nos consuelan frente a la discriminación y la antipatía de un mundo que no siempre nos comprende. Divas que se convierten en madres simbólicas o en esos entes fulgurantes en los que, secretamente, quisiéramos transformarnos.

La química entre Tonatiuh Elizarraraz y Diego Luna se construye poco a poco, con paciencia y verdad. La película deja claro que, aunque las personas no sean malas, los prejuicios nacen de la ignorancia.

“Molina” va introduciendo a “Valentín” en su universo, y cuando menos lo esperan surge un vínculo inquebrantable. Sus diferencias ideológicas los separan, pero la cárcel los une, y hay algo más profundo que los hermana: la búsqueda de la libertad. “Molina” lucha por su identidad; “Valentín”, por romper las ataduras de una Argentina asfixiada por la dictadura.

Confieso que no había encontrado particularmente sexy a Diego Luna hasta verlo en esta película. Aquí hay una vulnerabilidad distinta en su “Valentín”. Aun así, Tonatiuh es el alma del filme y su verdadero protagonista. El hecho de que sea una cara poco conocida juega completamente a su favor, dotando al personaje de una veracidad y una credibilidad conmovedoras.

La estética del filme, especialmente en todo lo relacionado con el universo de la Mujer Araña, es fascinante: colores, coreografías y referencias al Hollywood clásico y a las telenovelas y espectáculos teatrales latinos que funcionan como un refugio visual frente al encierro. Lástima que esa belleza no siempre esté acompañada de la profundidad emocional que la historia promete. “El beso de la mujer araña” deslumbra, seduce y encanta, pero deja la sensación de que pudo haber ido más hondo en sus propias heridas.

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Kike Esparza

Soy un periodista apasionado del cine, la música y la moda. Tengo una obsesión por contar las horas y estornudar una y otra vez cuando tengo que tomar una decisión. Escribir es vivir.

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En este blog Kike Esparza habla desde su experiencia, 17 años en el periodismo le han permitido adentrarse y disfrutar de tópicos como el cine, la música, la moda y la diversidad. Rosa Distrito es el espacio que disfrutamos todos.

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