Los abuelos son un gran estuche colmado de cosas maravillosas, de millones de historias fascinantes y graciosas. Están llenos de sabiduría, de monerías, de creatividad, de manualidades, de jardines llenos de flores, de cartas viejas y desteñidas, de comida deliciosa y están equipados con un montón de abrazos y besos para sus nietos.
Así recuerdo a mi abuela, como mi persona favorita en el mundo. Llegaba el fin de semana y ya quería estar metida en su casa, para mí era como entrar en un museo. Verla cuidar sus jardines, regar sus flores, abrir sus belices, oler ese aroma a guardado, oír sus muchas historias, comer lo que había preparado, escuchar su música en ese radio gracioso que parecía una cajita de madera que sintonizaba alguna estación del AM. De mis cosas favoritas era aprender de ella todo lo que se pudiera, como cuando me enseñó a bordar y a tejer, era toda una maestra llena de amor y paciencia.
Mi abuela siempre fue el gran apoyo para mi madre, y si de alguien se aprende del amor incondicional es precisamente de las abuelas, que con los brazos abiertos siempre reciben a los hijos, así lleven uno o diez nietos con ellos. Siempre están ahí para cuidarte y tratar de protegerte de todo mal. Desde que tengo esos recuerdos supe la gran fortaleza que hay en la mujer, la que ama inmensamente que se vuelve fuerte con cada circunstancia que la desafía, para mí el significado de abuelita es fortaleza y apapacho.
Ahora veo a mis hijos y cómo brillan sus ojitos cuando después de mucho tiempo no ven a su “abu”, se emocionan y cuentan los días para encontrarse con ella, así era exactamente yo cuando era pequeña. Y también me doy cuenta de sus caritas tristes cuando tienen que despedirse, pero también de toda esa ternura que se le desborda a mi madre cuando está con sus nietos.
Los abuelos y los nietos son dos generaciones muy diferentes que se comunican con un lenguaje universal de amor. En los abuelos encontramos toda nuestra historia, nuestras raíces, tal vez nuestros miedos que también se heredan, la experiencia y la sabiduría que solo los años te dan. Yo y mis hijos somos afortunados por tener a una abuela sensacional que no cambiaríamos por nada del mundo.
La experiencia con mis abuelos no la conocí mucho. Y de los pocos años que le tocó ser abuelo a mi padre –que ya ha partido– puedo decir que era muy consentidor, les cantaba canciones, les inventaba historias y les demostró mucho amor a sus nietos, tal vez más que a sus hijos; era un amor transformado y renovado, uno que ya solo tenía cosas buenas.
Soy doblemente afortunada por disfrutar de mi abuela, y por las abuelas de mis hijos, si se necesita una dosis de apapachos y galletas solo hay que ir con ellas, siempre te van a escuchar, siempre se van alegrar de que las visites, y siempre tendrán mucho que compartirte, te enseñan a valorar, a ser agradecidos y confiar en Dios.
Felicidades a quienes tienen y han tenido la fortuna de estar con su “abu”, su “tita”, su “yaya”, su abuelita, o como sea que con cariño las nombren.