Advertencia de contenido:
Este texto contiene lenguaje explícito y temáticas sexuales, dirigido exclusivamente a personas mayores de 18 años. Los hechos narrados están basados en experiencias reales, pero también contienen elementos de ficción añadidos para intensificar la narrativa. Se recomienda discreción y criterio para su lectura.
El placer de lo prohibido es una excitante aventura. La adrenalina que genera pecar te eleva el libido. Tu cuerpo vibra con solo la idea de hacer que el otro se deje llevar por sus instintos y los tuyos. Ser cazador es poderoso. Y es que el que alguien caiga en tus redes y se entregue a ti es un trofeo que vale la pena todo. Por ahí dicen que más vale pedir perdón que pedir permiso.
El verano en el norte de México es seco, caliente y sofocante, te agota y acaba con tu energía. Sin embargo, esa tarde de mayo para mí fue sugestiva. Estaba en mi recámara con el aire acondicionado dándome directo al cuerpo. Estaba desnudo, fresco todavía del reciente baño que me di, pero tenía un fuego interno que no se calmaba con nada.
En un departamento de tres habitaciones, hasta hace varios años vivíamos cuatro personas: tres gays (uno de ellos yo y los otros eran pareja) y un hetero. Este último era amigo de uno de ellos, que necesitaba con urgencia un lugar donde vivir porque recién se había mudado a la ciudad. Era de un pueblo donde la vida cotidiana sucede lentamente.
Pero vivir con homosexuales era toda una experiencia. Era seguro que jamás se iba a aburrir. Nuestro amigo hetero de repente se volvió el objeto de deseo de mis amigays y mío. Estaba siempre a la orden si la instalación eléctrica fallaba, sabía cómo prender el carbón para la carne asada y tenía el mejor ritmo para bailar las rolas de La Arrolladora y Bronco. Todes estábamos embelesados con él.
Le coqueteábamos y le lanzábamos piropos, siempre consensuado, porque lejos de intimidarse, nos daba cuerda. Así que todos vivimos felices y contentos, hasta que en una reunión casera llegó la amiga de una amiga y todo cambió. Nuestro hetero favorito había caído rendido a los pies de esa morrita trigueña con unas caderas impresionantes, su cabello crespo y un lunar en la chichi derecha. Sin duda supimos que habíamos perdido la batalla platónica, porque ante la que vale oro, las jochis siempre vamos a perder si se trata de competir por el amor de un hetero. O al menos eso creía yo.
Regresando a mi habitación, el calor que sentía era tan excesivo que comencé a sudar al grado de sentir excitación. Me sentía como Britney Spears en su video de «I’m a Slave 4 U».
Así que, con los ojos cerrados, intenté dormir para ver si así podía evadir un poco el calor intenso que sentía. Justo cuando intentaba apaciguar mis ganas de tocarme, escuché los pasos de alguien subiendo las escaleras con dirección a mi cuarto.
Y es que, luego de que mi amigo hetero se enamoró de la trigueña, la privacidad ya no era mucha en el departamento, porque sí, ella también se fue a vivir con nosotres. Nuestro hetero foráneo se enamoró tanto que se casó con ella y, como no tenía dónde meterla —bueno, eso sí, porque hasta la embarazó— no hubo más remedio que dejar que se quedara con él mientras resolvía su situación de matrimonio primerizo.
Ella era súper divertida, y él también, pero ese departamento ya era una casa de locos con dos parejas y yo como soltero, el único viendo cómo los demás se hacían «adultos responsables». Me juré nunca casarme porque las parejas pasan más tiempo discutiendo que cogiendo. ¡Qué aburrido!
En cuanto escuché los pasos, me tapé, pues estaba desnudo. Mi amigo hetero me pidió chance de darse una ducha en mi baño porque su mujer embarazada estaba en el baño de la sala haciendo lo mismo, y por su estado, obviamente se iba a tardar más.
Yo accedí, y él, sin pena, se desnudó ante mí. No supe cómo reaccionar, pero mi pene sí: de inmediato se puso erecto y comenzó a humedecerse. Mi hetero de confianza estaba velludo de todo el cuerpo, así como esos vaqueros que vemos sudar mientras arrean las vacas y encienden el tractor. Sus nalgas duras y turgentes me invitaban a pasear mi lengua entre ellas. Mis pezones comenzaron a pararse, como si estuvieran a punto de lactar y él fuera ese becerro que necesitaba mi cuerpo para sacar toda esa leche contenida.
Me sonrojé y él lo notó.
—No te agüites —me dijo—, todos los hombres tenemos lo mismo.
Yo pensé: «Sí, pero de diferente tamaño». Y el pene de él estaba hermoso, rosado y con mucho vello en el pubis. La cabeza estaba libre, como un dulce sin celofán que te mueres por probar.
Se metió a bañar y, mientras estaba en la regadera, comencé a masturbarme. Era inevitable. Su aroma a hombre sudado estaba en mi recámara. Tomé su camisa y comencé a olerla, pero al escuchar que estaba por salir, la dejé donde la había puesto, al pie de mi cama. Entonces salió del baño efusivo, lo noté nervioso y con la verga semi erecta.
Y sin más, cerró con seguro la puerta de mi cuarto y quitó las sábanas con las que me cubría.
Me volteó en posición de perrito y me preguntó si tenía un condón a la mano. Yo le dije que sí y le pregunté si estaba seguro de lo que iba a hacer. Él solo me dijo: «No hables». Se escupió la mano, esa saliva la puso directo en mi ano, se puso el condón y empezó a meterme la verga. Mi culo estaba tan dilatado por la excitación que de inmediato se abrió. No hubo obstáculo alguno para entregarnos al placer… salvo él mismo.
No habían pasado ni dos minutos desde que me estaba penetrando cuando, sin más, me la sacó. Me dijo que era un error, se puso sus bóxers y se salió de inmediato de mi habitación.
Yo me quedé frustrado y demasiado caliente. Lo primero que hice fue masturbarme pensando en los breves minutos que lo sentí dentro de mí. Nunca había sentido mi verga tan firme, era como una roca. La irrigación sanguínea estaba en su mero punto y, de pronto, tuve uno de los orgasmos más deliciosos que en mi vida sentí. La leche salía a borbotones, y me excitaba más el hecho de ver todo el semen que mi cuerpo produjo.
Y así, después de ese instante de placer, salió ese calor interno que sentía, pero brotó un remordimiento por lo que había sucedido.
A partir de ese momento, la relación entre mi amigo hetero y yo se volvió de complicidad. El trato siguió siendo el mismo, pero ninguno de los dos jamás volvió a tocar el tema. Es como si nunca hubiera sucedido. Dos años después, yo me tuve que mudar a otro estado de la República, y mis amigos gays se separaron. Sé que el hetero y la trigueña siguen juntos y ya tienen tres hijos.