“Arco” y el arte de contar la soledad infantil a través de la animación

“Arco” es una película que, bajo la apariencia de una aventura infantil luminosa y fantástica, esconde una reflexión profundamente emocional sobre la soledad, la infancia y la necesidad universal de sentirse visto, escuchado y querido.

La historia nos sitúa en un futuro lejano e idílico donde la humanidad ha dominado los viajes en el tiempo gracias a trajes que dibujan estelas arcoíris en el cielo. Sin embargo, el pequeño “Arco”, demasiado joven para estas travesías, desobedece y termina varado en el año 2075, un mundo mucho más hostil que el suyo.

Ahí conoce a “Iris”, una niña de diez años que vive prácticamente sola, acompañada únicamente por un robot que funge como niñera y asistente del hogar. Juntos emprenden un viaje para devolverlo a casa, pero en el fondo ambos están buscando algo más: compañía, comprensión y afecto.

Aunque la cinta se presenta como una historia de ciencia ficción para público infantil y familiar, su esencia es mucho más íntima. En una realidad con tintes distópicos, “Arco” apuesta por lo contemplativo y lo abstracto.

Los diálogos son cortos o no dicen mucho textualmente, pero íntimamente sí expresan más. La narrativa privilegia lo visual, lo simbólico y lo emocional. Hay silencios que pesan, miradas que dicen más que cualquier línea de guion, y una construcción de mundo que se siente viva, pero también melancólica.

Uno de los ejes más interesantes de la película es la representación de la familia. “Arco” proviene de un entorno donde el amor está presente, pero se manifiesta a través del sobrecuidado. Vive rodeado de su familia, pero se siente asfixiado, limitado, incapaz de experimentar el mundo por sí mismo.

“Iris”, en contraste, vive una soledad silenciosa: sus padres trabajan en otra ciudad y su vínculo con ellos es casi exclusivamente virtual. El robot que la cuida es su figura de acompañamiento más constante, lo que subraya la distancia emocional que carga día a día.

Aún así, la película deja claro que, a su manera, ambas familias lo dan todo por ellos. No hay villanos en la crianza, solo distintas formas —a veces imperfectas— de amar.

“Arco” e “Iris” están en ese punto frágil donde la niñez comienza a transformarse en adolescencia, una etapa de cambios, dudas y descubrimientos. Esa transición se refleja en su necesidad de independencia, pero también en su miedo a estar solos. Su amistad nace de la coincidencia, pero crece desde la empatía: se reconocen en la falta que cada uno carga.

A nivel narrativo, también resulta interesante la presencia de tres personajes que se presentan casi como una fraternidad, vestidos de forma idéntica. En un inicio parecen antagonistas, figuras amenazantes dentro de este mundo incierto. Sin embargo, la historia da un giro y su papel se vuelve más ambiguo. Esa decisión narrativa puede resultar confusa, pero al mismo tiempo aporta una capa de complejidad que rompe con la clásica división entre buenos y malos, algo poco habitual en propuestas dirigidas al público infantil.

Visualmente, la animación 2D es uno de los grandes aciertos. Los colores vibrantes contrastan con la carga emocional de la historia, creando una experiencia sensorial que refuerza el tono poético del relato. No es casualidad que la película haya sido reconocida en festivales como Annecy y que figure en la temporada de premios: su lenguaje visual tiene identidad propia y una sensibilidad artística muy marcada.

“Arco” es una obra que invita a mirar con calma, a sentir y a recordar lo que significaba ser niño cuando el mundo parecía enorme, confuso y, a veces, solitario. Más que hablar de viajes en el tiempo, habla de ese momento en la vida en que todos necesitamos que alguien nos tome de la mano para cruzar al otro lado del miedo.

Es, en esencia, una fábula moderna sobre la amistad, la familia y la esperanza de que, incluso en futuros inciertos, siempre habrá un lazo capaz de guiarnos de regreso a casa.

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Kike Esparza

Soy un periodista apasionado del cine, la música y la moda. Tengo una obsesión por contar las horas y estornudar una y otra vez cuando tengo que tomar una decisión. Escribir es vivir.

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En este blog Kike Esparza habla desde su experiencia, 17 años en el periodismo le han permitido adentrarse y disfrutar de tópicos como el cine, la música, la moda y la diversidad. Rosa Distrito es el espacio que disfrutamos todos.

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