Tras un sólido recorrido por algunos de los festivales más importantes del mundo, “Aún es de noche en Caracas”, dirigida por Marité Ugás y Mariana Rondón, se estrenó en salas mexicanas bajo el sello de Cinépolis Distribución en un momento de profunda resonancia política y social para Venezuela y América Latina tras la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos.
Su estreno internacional en la edición 82 de la Mostra de Venecia —donde compitió en la sección Spotlight por el Premio del Público—, así como su paso por el Festival de Toronto, Biarritz, São Paulo, Huelva, AFI Washington D.C. y el Festival Internacional de Cine de Morelia, la consolidan como una de las propuestas latinoamericanas más relevantes del circuito reciente.
Sin embargo, más allá de su prestigioso trayecto festivalero, lo que verdaderamente distingue a la película es su pertinencia. En un contexto marcado por el recrudecimiento del conflicto entre el gobierno de Nicolás Maduro y Estados Unidos, y por el endurecimiento del discurso internacional en torno a la democracia, los derechos humanos y la migración forzada, la cinta adquiere una dimensión urgente. No se trata solo de una obra cinematográfica, sino de un testimonio humano sobre las consecuencias del autoritarismo.
Basada en la novela “La hija de la española” de Karina Sainz Borgo, la historia se sitúa en la Caracas de 2017, en medio de protestas, represión y violencia estatal. Natalia Reyes interpreta a “Adelaida”, una mujer de 38 años que, tras la muerte de su madre, queda atrapada en una ciudad donde sobrevivir implica renunciar incluso a la propia identidad. Cuando su departamento es tomado por mujeres afines al régimen, debe ocultarse en el apartamento contiguo y emprender un recorrido de supervivencia física y emocional.
Desde mi perspectiva, estamos ante una cinta profundamente pertinente sobre un contexto social que, aunque situado en Venezuela, nos afecta a todos. El exilio aparece como la única alternativa frente a la tiranía. La película ejecuta con emociones encontradas la incertidumbre de una mujer que podría ser cualquiera de nosotros. El bullicio que la rodea —las sirenas, los gritos, la violencia latente— es equiparable al estruendo que habita en su mente, en esa lucha desesperada por recomenzar.
Lo que más me interesa del filme es que no se centra de manera directa en el conflicto político ni en el discurso ideológico. No busca explicar el régimen ni dar lecciones geopolíticas. Se enfoca, más bien, en el daño colateral: en cómo el autoritarismo desmantela la intimidad.
“Adelaida” no solo pierde a su madre y al amor de su vida; pierde su casa, su historia y su identidad. El verdadero thriller no es el político, sino el emocional: la reconstrucción de una mujer obligada a reponerse al trauma en un entorno hostil, incierto y dispuesto a deshumanizarla.
La dirección de fotografía de Juan Pablo Ramírez y el diseño de producción de Ezra Buenrostro capturan con precisión la dualidad de una ciudad sitiada: su belleza y su horror. Caracas no es solo escenario, es un personaje más que asfixia, persigue y empuja a huir. En ese sentido, el filme dialoga con realidades que trascienden fronteras y convierte la experiencia venezolana en un espejo latinoamericano.
La participación de Édgar Ramírez como productor —además de su reconocida trayectoria internacional— refuerza el compromiso del proyecto con la visibilización de historias urgentes de la región. La producción mexicana, con el respaldo de Redrum y Stacy Perskie, aporta solidez a una obra que apuesta por el impacto emocional antes que por el espectáculo.
“Aún es de noche en Caracas” es, en definitiva, un relato de supervivencia y desarraigo que incomoda y conmueve. No es una película fácil, ni pretende serlo. Es una invitación a mirar de frente las consecuencias humanas detrás de los titulares.