Texto de Daniel López
El nuevo largometraje de la directora Beth de Araújo, Josephine, tuvo su primera proyección en el Festival de Sundance en enero y posteriormente llegó al Festival de Berlín donde compitió por el Oso de Oro. Con Josephine, la realizadora propone una historia compleja, cruda y profundamente incómoda.
En apariencia, la película se presenta como un drama íntimo entre padre e hija, y durante buena parte del filme esa sensación se mantiene. Sin embargo, Araújo introduce pronto un punto de quiebre que redefine la lectura del relato. Josephine, interpretada con sorprendente naturalidad por Mason Reeves, es testigo de un violento ataque en un parque. Su padre (Channing Tatum), al percatarse de la situación, reacciona de forma casi heróica y decide perseguir al agresor de la víctima, convirtiéndolos en piezas clave dentro de la investigación.
Pero lo que podría desarrollarse como un thriller centrado en la búsqueda de justicia pronto se desplaza hacia un terreno mucho más íntimo. La película elige observar las consecuencias psicológicas del hecho en Josephine, una niña de ocho años cuya percepción del mundo comienza a fracturarse tras el evento traumático. A su alrededor, su madre (Gemma Chan) intenta sostener la normalidad del hogar mientras enfrenta la difícil tarea de proteger la estabilidad emocional de su hija.
Sin revelar mucho más de la trama para no caer en spoilers, Araújo conduce al espectador por un recorrido emocional que genera preguntas más incómodas: ¿cómo se procesa el trauma a una edad en la que aún no se comprende del todo la violencia del mundo? ¿Hasta dónde pueden llegar los padres para proteger la inocencia de sus hijos?
En lo visual, Josephine también encuentra uno de sus mayores aciertos. La directora, en conjunto con la fotografía de Greta Zozula, opta por construir una puesta en escena que constantemente nos sitúa en la perspectiva de la protagonista, como si observáramos todo a través de sus ojos.
Entre el suspenso, el drama psicológico y ciertos matices de thriller, Josephine se revela como una película que deja abiertas preguntas que inevitablemente invitan a la conversación, quizá sea justamente eso lo que, con el paso del tiempo, termina haciendo que un filme se vuelva recomendable.