Hablar de la secuela de El Diablo Viste a la Moda 2 es, inevitablemente, hablar de nostalgia. Veinte años después de aquella película que marcó a toda una generación y que se convirtió en un referente dentro de la cultura pop —y particularmente dentro de la comunidad LGBT—, esta nueva entrega dirigida por David Frankel retoma el universo creado a partir de los personajes de Lauren Weisberger con una intención muy clara: rendir homenaje antes que reinventar.
Desde mi punto de vista, esta segunda entrega prácticamente tiene la misma estructura de guion que la primera parte. El preámbulo, los conflictos y la manera en la que llega el clímax y el desenlace obedecen en un 80% a la fórmula de la película original de 2006.
En términos prácticos, lo veo como un tributo a ese filme que dejó huella hace dos décadas. En ese sentido, no percibo un riesgo narrativo real; no hay una apuesta por romper el molde, sino por replicarlo con cariño. Aun así, es una película pensada para fans, pero lo suficientemente accesible para que cualquiera pueda disfrutarla.
Los guiños están por todas partes: el suéter azul cerúleo, los beagles, y pequeños momentos que funcionan como códigos compartidos con quienes conocemos la historia original. Incluso la icónica frase “That’s all”, tan característica de Miranda, aparece aquí una sola vez, pero colocada estratégicamente en un momento decisivo, lo cual le devuelve peso y significado.
En cuanto a los cameos, la película sigue la tradición de su antecesora: figuras como Donatella Versace, John Galliano y el dúo Domenico Dolce y Stefano Gabbana desfilan junto a influencers y estilistas actuales. Pero sin duda, uno de los momentos más celebrados es la aparición de Lady Gaga, quien no solo interpreta el tema principal “Runway”, sino que también protagoniza una secuencia que le da un aire contemporáneo a la historia.
Uno de los cambios más interesantes está en Miranda Priestly. A diferencia de la primera entrega, donde era fría, controladora y casi mitológica, aquí vemos una versión más humana. No sé si eso debilita al personaje —porque parte de su encanto era justamente su inalcanzable perfección—, pero a mí me parece que suma. Nadie es el mismo veinte años después, y menos en una era donde lo políticamente correcto dicta muchas de las reglas del juego. De hecho, su nueva asistente funge como una especie de filtro que la corrige constantemente, recordándole que el mundo ha cambiado.
En términos de estilo, Miranda se mantiene firme. Como Anna Wintour, no sigue tendencias: las reafirma. Y eso se respeta. Los íconos no se adaptan a la vanguardia, son parte de ella. Aquí también hay que destacar el trabajo de Molly Rogers en el vestuario, que entiende perfectamente esta premisa.
Meryl Streep reafirma por qué este es uno de sus personajes insignia. Su capacidad histriónica es impresionante: logra transformarse sin desaparecer dentro del personaje. Le entrega todo su talento a Miranda sin dejar de ser ella misma. Eso no lo hace cualquiera, y por eso es una leyenda.
En cuanto a Andy, Anne Hathaway parece no haberse quitado nunca la piel de Andy Sachs. El personaje se mantiene fiel a su esencia, aunque ahora con un estilo más definido: prendas vintage, un aire más formal y ciertos riesgos dentro de lo chic casual. Narrativamente, su arco gira en torno a su reinvención como periodista en un mundo digital en crisis —y aquí no puedo evitar hacer eco: si en Estados Unidos el periodismo está en modo supervivencia, en México estamos fritos. Lo digo con conocimiento de causa tras casi 18 años en este oficio.
Eso sí, Andy sigue siendo, por momentos, igual de chocante. Su necesidad de intervenir o “salvar” situaciones donde nadie se lo ha pedido continúa siendo parte de su ADN.
El personaje que sí presenta cambios más notorios es Emily Charlton, interpretada por Emily Blunt. Sin embargo, no todos juegan a su favor. Siento que está demasiado caricaturizada; su superficialidad se lleva al extremo y, aunque al final se intenta justificar, no termina de sentirse orgánico.
Algo similar ocurre con el personaje de Justin Theroux: su presencia se entiende, pero no aporta demasiado. En el caso de Emily, me hubiera gustado ver una ambición más sólida y profunda. Eso sí, en cuanto a estilo, sus looks —muy en línea con Dior— refuerzan un perfil más ejecutivo y de femme fatale que le sienta muy bien.
Nigel, interpretado por Stanley Tucci, conserva su elegancia y humor característico. Aquí se le hace más justicia: tiene momentos emotivos, tiernos y varios de los mejores instantes de comedia recaen en él.
A nivel técnico, la película mantiene una estética muy cercana a la original. La fotografía de Florian Ballhaus y el montaje de Andrew Marcus construyen una continuidad visual que hace sentir que nunca abandonamos ese universo, lo notas en las secuencias panorámicas y urbanas de Nueva York. Eso suma mucho. Sin embargo, hay momentos en los que la cinta se siente floja, le cuesta arrancar; pero una vez que encuentra su ritmo, fluye con naturalidad.
También hay una crítica interesante hacia el mundo corporativo: esos emporios dirigidos por ejecutivos intermediarios que priorizan números sobre pasión, olvidando que el verdadero éxito de un proyecto radica en quienes lo viven como parte de su identidad.
Al final, El Diablo Viste a la Moda encuentra en esta secuela un eco que no busca superarla, sino acompañarla. No es una película que arriesgue, pero sí una que abraza la nostalgia con inteligencia. Y para quienes crecimos con esta historia, eso —aunque no lo sea todo— es más que suficiente.