David Pablos ha construido una filmografía marcada por personajes que viven al margen, por emociones contenidas y por identidades que buscan encontrar su lugar en el mundo. Sin embargo, con “En el camino”, el director de “Las elegidas” y “El baile de los 41” entrega quizás su propuesta más cruda, pero también una de las más tiernas y conmovedoras de toda su carrera.
Estrenada en México bajo el sello de Cinépolis Distribución y respaldada por importantes reconocimientos internacionales, la cinta sigue a “Veneno” (Víctor Prieto), un joven que sobrevive entre paraderos de carretera y encuentros fugaces con traileros, hasta que conoce a “Muñeco” (Osvaldo Sánchez), un transportista consumido por la soledad de los kilómetros. Lo que comienza como un encuentro circunstancial se convierte poco a poco en una historia de amor inesperada, intensa y profundamente humana.
Más allá de su componente romántico que poco a poco se va desarrollando, “En el camino” encuentra su mayor virtud en la manera en que explora un universo pocas veces retratado con esta sensibilidad: el de los traileros. Se trata de un entorno dominado por la hipermasculinidad, por códigos machistas profundamente arraigados y por una visión tradicional del hombre que rara vez permite mostrar vulnerabilidad.
La verdad es que se ha explorado muy poco este contexto y, cuando se ha hecho, parte de una mirada que suele reducirlo al fetiche que representa para parte de la cultura gay.
Pero David Pablos evita esa simplificación. Su película observa a estos hombres desde la realidad. La vida de los traileros aparece aquí como lo que verdaderamente es: jornadas extenuantes, pocas horas de sueño, dependencia de estimulantes para soportar largas rutas, alimentación deficiente, enfermedades derivadas del desgaste físico, riesgos constantes de accidentes y la amenaza permanente del crimen organizado. Un mundo hostil donde la prostitución, tanto femenina como masculina, forma parte del paisaje cotidiano.
En medio de esa dureza surge una historia de amor que resulta tan inesperada como luminosa. Porque si algo consigue “En el camino” es mostrar cómo dos soledades pueden encontrarse en mitad de la carretera y construir algo auténtico.
El amor entre “Veneno” y “Muñeco” se desarrolla desde el deseo, sí, pero también desde la necesidad de ser vistos, comprendidos y acompañados. Es un amor puro, pasional, salvaje y sincero.
La película no teme mostrar la intimidad de sus personajes. Hay desnudos frontales y escenas sexuales explícitas, pero sería un error reducir la cinta a esos elementos. Lo verdaderamente poderoso está en la honestidad con la que retrata el deseo masculino.
La sexualidad aparece desde la piel, desde el instinto y desde las emociones contradictorias de dos hombres que comienzan a reconocerse mutuamente. Hay algo profundamente animal y masculino en esa conexión, pero también algo vulnerable que invita al espectador a replantearse las formas tradicionales de entender la masculinidad.
En ese sentido, la historia funciona como una invitación a perder el miedo a sentir, a amar y a mostrarse vulnerable.
Resulta imposible hablar de la película sin destacar el trabajo de Víctor Prieto y Osvaldo Sánchez. Ambos construyen interpretaciones de enorme sensibilidad, capaces de transmitir tanto con una mirada como con el silencio.
Particularmente significativo resulta el caso de Prieto, quien ha compartido públicamente cómo este proyecto transformó su vida personal, ayudándolo a aceptarse y abrazar su identidad después de crecer bajo estructuras más heteropatriarcales. Esa honestidad parece filtrarse también en su actuación, dotando al personaje de una autenticidad conmovedora.
Y aunque la película está atravesada por la crudeza de sus escenarios y conflictos, también encuentra espacio para la fantasía. Pablos introduce momentos casi oníricos donde el erotismo y el hedonismo funcionan como un respiro emocional. Son secuencias que alivian la tensión acumulada y que conectan de manera natural con una visión más abierta del sexo y el deseo, especialmente familiar para buena parte del público LGBTQ+.
Sin embargo, sería injusto pensar que “En el camino” es una película exclusivamente para espectadores gays. Aunque muchos encontrarán en ella experiencias y emociones cercanas, su narrativa posee un carácter profundamente universal. Todos hemos conocido la soledad. Todos hemos deseado encontrar a alguien que nos vea realmente. Todos hemos buscado pertenecer. Esa es la verdadera fuerza de la película.