“La historia del sonido”, dirigida por Oliver Hermanus y protagonizada por Paul Mescal, Josh O’Connor y Chris Cooper, es una película que no busca complacerte: te exige. Te pide que te sumerjas en los silencios, en las miradas sostenidas, en la complicidad que apenas se pronuncia.
Si no estás dispuesto a habitar ese ritmo pausado y contemplativo, es probable que la percibas lenta, incluso distante. Pero si aceptas la invitación, la experiencia resulta profundamente conmovedora.
La cinta parte de la historia de “Lionel”, un joven de la Kentucky rural criado entre las canciones que su padre entonaba en el porche familiar. En 1917 deja la granja para estudiar en el Conservatorio de Música de Boston, donde conoce a “David”, un carismático estudiante de composición que pronto es llamado a filas al final de la guerra.
Años después, en 1920, ambos recorren los bosques e islas de Maine con la misión de recopilar canciones populares y preservar la tradición oral para las futuras generaciones. Esa travesía se convierte en el corazón emocional del relato.
Basada en el universo literario de Ben Shattuck —autor que en su libro “La historia del sonido” explora cómo el pasado regresa a nosotros y cómo el amor y la pérdida se entrelazan a lo largo del tiempo—, la película retoma esa idea del eco: cada experiencia deja una resonancia que transforma lo que viene después. Hermanus traduce ese concepto en imágenes y silencios que vibran más allá del diálogo.
El director apuesta por una narrativa contemplativa. Los diálogos son escasos y precisos; cuando se expanden, lo hacen con una carga nostálgica y arrebatadora. Hay una simbología constante entre el sonido y todo lo que lo provoca: la naturaleza, lo cotidiano, la música y, por supuesto, el amor y la pasión.
No es casual que la historia se construya a partir de canciones orales y tradicionales que buscan ser rescatadas del olvido; lo mismo ocurre con los sentimientos de sus protagonistas.
Aunque la trama se centra en el amor entre dos hombres en la década de 1920, el tema trasciende cualquier etiqueta. No se trata de un discurso sobre diversidad sexual en sí mismo, sino sobre el descubrimiento del amor y la pasión en su forma más pura y vulnerable. Y ahí radica su fuerza: en la universalidad de lo que se siente cuando alguien marca tu vida para siempre.
Eso le ocurre a “Lionel” (Paul Mescal), un joven campesino que encuentra en la música un horizonte de posibilidades, pero que descubre en “David” (Josh O’Connor) algo todavía más transformador. Entre ambos se establece una relación intensa que transita de lo laboral a lo pasional con una naturalidad conmovedora. La mejor etapa en la vida de “Lionel” coincide con el encuentro con “David”; sin embargo, el romance es breve y deja una sensación persistente de vacío, de lo que pudo ser y no fue. De no haber enfrentado del todo lo que se siente por temor a un contexto social que imponía silencios.
El tiempo avanza —y alcanza— a “Lionel” (Chris Cooper) . Lo vemos convertido en un respetado profesor especializado en historias musicales corales y en la preservación de la tradición sonora. Pero ni el prestigio ni las décadas transcurridas logran borrar el recuerdo del amor que definió su existencia. Más de sesenta años después, la herida sigue abierta, como una melodía que no termina de apagarse.
La película es profundamente nostálgica y emocionalmente potente, reservando sus momentos más reveladores para el tramo final. Paul Mescal construye un personaje contenido por las circunstancias de su época, pero también siendo libre en el amor y el sexo aún con las normas sociales establecidas; su quiebre en una escena clave resulta devastador.
Josh O’Connor, en contraste, encarna ese primer amor que todos recordamos: el que nos deja con las emociones a flor de piel, con lágrimas, expectativas y una intensidad que parece infinita, aunque también arrastre su propio infierno interno.
La pasión en ambos personajes nace de un deseo enorme de comerse el mundo, de crear, de amar sin límites. Pero el contexto social los frena, los obliga a elegir la prudencia sobre el impulso. Quizá lo único que note como aspecto negativo fue la falta de un mayor grado de erotismo en pantalla; había materia emocional y narrativa suficiente para explorar con más valentía esa dimensión física del vínculo. En ese aspecto, la película se queda contenida, fiel a su tono, pero con la sensación de que había más tela de dónde cortar.
“La historia del sonido” no es una experiencia ruidosa; es un susurro persistente. Es la prueba de que algunos amores no necesitan durar toda la vida para definirla. Basta un invierno, una canción y una mirada compartida para que el eco permanezca por décadas.