Cine que se siente. “Sirát, trance en el desierto” no es una cinta que busque complacer al espectador con una narrativa tradicional ni con giros fáciles; su apuesta es sensorial, envolvente y profundamente inmersiva.
Ganadora del Premio del Jurado en el Festival de Cannes 2025 y una de las producciones europeas más celebradas de los últimos años, la película dirigida por Oliver Laxe representa a España en los Premios Oscar 2026 con dos nominaciones históricas: Mejor Película Internacional y Mejor Sonido. Esta última marca un precedente al ser la primera vez que un equipo integrado únicamente por mujeres compite en esa categoría (Laia Casanovas, Yasmina Praderas y Amanda Villavieja). Y no es un detalle menor: el sonido es, literalmente, el corazón de esta obra.
Protagonizada por Sergi López y Bruno Núñez, la historia sigue a un padre y su hijo que atraviesan el desierto marroquí en busca de su hija desaparecida. En el camino se integran a una pequeña comunidad de nómadas modernos —espíritus libres, casi gitanos contemporáneos— que viven entre la fiesta, la música electrónica y la inmensidad del paisaje. Lo que comienza como una búsqueda se transforma en una odisea espiritual, física y emocional donde el desierto no es solo escenario, sino presencia viva.
“Sirát” es una película que se construye poco a poco. Su ritmo es deliberadamente lento, contemplativo, incluso extraño. No “pasan muchas cosas” en el sentido tradicional, pero sí ocurre algo constante y poderoso: la experiencia. El sonido, con la hipnótica banda sonora de Kangding Ray, no acompaña la historia… la guía. Es el personaje central. A través de él se conectan los cuerpos, los silencios, la soledad y la comunión de estos viajeros perdidos en medio de la nada. El desierto, aparentemente vacío, vibra, respira y ruge.
Resulta fascinante cómo la propuesta sonora se vuelve aún más intensa en un entorno donde parecería no haber nada que escuchar. Los sonidos electrónicos, la rave, el viento, los motores, los pasos sobre la arena, los ecos lejanos de la música: todo construye una atmósfera que no solo se oye, se siente físicamente. Hay momentos en que el espectador se percibe invadido por el polvo, por la sequedad, por el zumbido constante del paisaje.
Pero cuando la película parece instalada en esa especie de trance contemplativo, da un giro inesperado. La travesía se adentra en territorios cada vez más hostiles, y el relato se transforma en una experiencia de suspenso que coquetea con el horror.
Lo que era búsqueda se convierte en supervivencia. Lo que era esperanza se diluye ante la crudeza del entorno. La cinta se vuelve caótica, cruel e impredecible. En ese punto, ya no importa tanto si el padre encontrará a su hija; el reto es mucho más inmediato y devastador: seguir con vida.
Es ahí donde “Sirát” termina de atraparnos. La tensión es tan densa que uno casi deja de respirar, pendiente de cada sonido, de cada sombra, de cada decisión. La película deja de ser un viaje externo para convertirse en una experiencia límite, donde el dolor y el miedo toman el control.
Más que una historia convencional, “Sirát, trance en el desierto” es una apuesta cinematográfica radical que juega con las emociones y, sobre todo, con las sensaciones del espectador. Es una película que exige pantalla grande, sonido envolvente y disposición a dejarse arrastrar. Su ambición no es que la veas desde fuera, sino que entres en ella. Y lo logra.