La ópera prima de Rafael Ruiz Espejo: El fin de las primeras veces, un filme tapatío ya disponible en salas de cine del país es un coming of age que resulta tan nostálgico como contemporáneo porque invariablemente, representa una etapa en la vida de todes: el despertar de nuestra sexualidad, pero no desde ese aspecto primario de la adolescencia, sino desde el momento en que comenzamos a intimar con alguien más y rompemos la barrera social del libre albedrío.
Es ese instante en el que creemos —o al menos intentamos creer— que ya tenemos cierta madurez para afrontar nuestras decisiones, mientras conectamos con una curiosidad voraz por encontrarnos a nosotres mismes y explorar el placer dentro de un mundo que, de pronto, parece abrirse a una totalidad de opciones.
El fin de las primeras veces —película precedida por una serie de cortometrajes donde Rafa ya exploraba experiencias similares desde la diversidad sexual—, es un viaje emocional, divertido, erótico y profundamente humano. La película transcurre en apenas un día y, con una duración aproximada de una hora, consigue encapsular un momento vital específico: ese umbral entre la adolescencia y la adultez.
La historia sigue a “Eduardo”, un joven de 18 años foráneo que llega a Guadalajara para presentar su examen de admisión a la universidad. Es ahí donde conoce a “Mario”, un encuentro que inmediatamente lo engancha y que terminará por llevarlo a descubrir un lado más libre, más queer y mucho más complejo de la diversidad sexual, una realidad de la que él apenas tiene nociones y que comienza a explorar desde el deseo, la incertidumbre y el descubrimiento.
Uno de los grandes aciertos de la película es que no romantiza el deseo sexual. Está ahí, claro y latente, tal como ocurre en la vida real. Muchas veces vemos ficciones donde estas experiencias se suavizan bajo un filtro naif, casi inocente, quizá para volverlas más comerciales o accesibles para ciertos públicos. Aquí no ocurre eso. Ruiz Espejo decide retratar las emociones, el deseo y la intimidad tal cual suceden: sin adornos innecesarios, sin censura emocional y desde la honestidad de quienes están en una etapa legal y emocionalmente compleja de exploración.
Algo que también me parece especialmente destacado es que el director entiende muy bien el lenguaje de la generación Z. Se nota que su narrativa no parte de una visión nostálgica de cómo él vivió su juventud ni intenta imponer códigos generacionales ajenos. Eso sí: las emociones siguen siendo universales. Porque aunque cambien los modismos, las formas de comunicación o los contextos sociales, la intensidad de tener 18 años sigue siendo prácticamente la misma para quienes los viven hoy y para quienes los vivieron hace dos décadas.
Rafael Ruiz Espejo entiende perfectamente el contexto actual donde está parado. Su lenguaje audiovisual y narrativo se siente fresco, vivo y orgánico. Aunque la película fue rodada hace varios años, se percibe actual, como si hubiera sido filmada hace apenas unos meses.
Por otro lado, el casting resulta una decisión muy acertada. Apostar por actores naturales —sin una gran experiencia previa frente a cámara— termina beneficiando enormemente a la película, porque las emociones se sienten mucho más genuinas y vividas. Alejandro Quintana (Eduardo) entrega una interpretación tan naif como rebelde, encarnando perfectamente esas ganas de comerse el mundo mientras todo parece suceder demasiado rápido.
En contraste, personajes como Mario, Gina o el interpretado por Pabel Castañeda representan a quienes ya conocen la ciudad desde otra perspectiva, más urbana, más libre y quizá más desencantada. Sin embargo, aunque parecen tener más experiencia que Eduardo, también continúan transitando por sus propias primeras emociones adultas, tratando de entender quiénes son y cómo vincularse afectivamente.
El fin de las primeras veces es una película breve en duración, pero emocionalmente expansiva. En ningún momento se siente corta; por el contrario, logra construir un espacio íntimo donde inevitablemente te reencontrarás con el sabor de tus propias primeras veces. Y es muy probable que, al terminarla, algo de esa nostalgia termine dibujando una sonrisa en tu rostro por todo aquello que alguna vez viviste.