Advertencia de contenido:
Este texto contiene lenguaje explícito y temáticas sexuales, dirigido exclusivamente a personas mayores de 18 años. Los hechos narrados están basados en experiencias reales, pero también contienen elementos de ficción añadidos para intensificar la narrativa. Se recomienda discreción y criterio para su lectura.
El deseo es algo inesperado que te entume la mente. La piel se te eriza y el solo hecho de imaginarte en el lecho de la intimidad, mientras un cuerpo ajeno recorre tu piel, simplemente te llena de electricidad, incluso sin haber vivido aún esa experiencia. La mente es poderosa.
Me había rehusado a experimentar en el sexo por diferentes razones, principalmente mis inseguridades. Pero un hecho importante detonó mis ganas de entregarme, en cuerpo y alma, a la pasión. Sí, así de dramático como lo lees: así eran mis inmensas ganas de que alguien usara mi cuerpo a su placer y me quitara esta curiosidad por saber qué es el sexo, qué se siente cuando te penetran y si es verdad eso de que, una vez que lo pruebas, siempre quieres más, o al menos repetirlo frecuentemente.
Con nula experiencia en besos, caricias e interacción con otro hombre, entré a la sección amarilla (Grindr, por si no sabes de qué hablo). Había un chico que siempre me había llamado la atención; incluso habíamos cruzado algunas palabras en línea, pero yo siempre me negaba a dar el primer paso, pese a que él insistía en que se diera el encuentro sexual.
Sin embargo, tras atestiguar la muerte de mi padre a temprana edad, entendí que no podía dejar pasar las oportunidades, porque quién sabe si se vuelvan a presentar mañana.
Así que propicié el encuentro. Mandé mi foto de cara y esperé a que me bloqueara o dejara de contestar. Pero la charla siguió y quedamos en vernos en media hora. Le expliqué que sería mi primera vez y me dijo que tendría paciencia.
La verdad, no estaba preparado. No me hice un lavado a profundidad como me habían recomendado. Estaba tan estrecho que ni un dedo me cabía —supongo que por el nerviosismo y la inexperiencia—. Por fin, un pene —de esos que imaginaba antes de dormir mientras me masturbaba— me iba a penetrar.
La primera vez está llena de expectativas y nunca sucede como la imaginas, menos a mi edad: yo, 36 años; él, 26. Un joven iba a ser mi maestro en las artes sexuales.
De chavo, imaginaba que un hombre varonil y corpulento me invitaría a salir, que después de la cena me besaría y me llevaría a un hotel hermoso con flores en la cama (muy kitsch). Ahí, tras besos y caricias, me metería su gran verga húmeda y erecta con cuidado y esmero. Al llegar el orgasmo, me abrazaría y me susurraría al oído hasta quedarnos dormidos. Pero la realidad fue otra.
Las fotos de su pene se veían demasiado apetecibles. Una verga de 18 centímetros, depilada, algo curva, gruesa y con unos grandes huevos. Y todo era verdad. Él llegó en guaraches y con bermudas. Apenas abrí la puerta de mi departamento y mi corazón se quería salir del pecho. El juego previo al acto te da mucha adrenalina: no sabes lo que te espera, pero estás seguro de que quieres vivirlo.
Le ofrecí agua y aceptó. Le pregunté si quería escuchar música y respondió que le daba igual. Entró a mi recámara y se bajó las bermudas: la verga era tal cual la de las fotos. Empecé a salivar, quería sentirla en mi boca. Él me invitó a probarla, aunque no era diestro en el sexo oral. Me dijo que me relajara, que lo hiciera poco a poco.
Quiso meterse en su papel de maestro, pero a las primeras de cambio no le salió. Con toda la energía de los 26 años, solo quería desfogar su emoción contenida y sacar la leche para su propio placer. Intenté besarlo y no quiso.
—No me gustan los besos —dijo.
Y ahí, la primera desilusión. La verdad, más que la penetración, yo buscaba el faje, el cachondeo previo. Pero bueno, ya estando ahí no iba a desaprovechar la oportunidad.
Metió sus dedos llenos de saliva a mi ano. La sensación fue escalofriante, como cuando te pegas en el dedo chiquito del pie y una descarga eléctrica te invade. Me pidió un condón y se lo puso. Me dijo que para otra ocasión me hiciera un lavado, porque de ahora en adelante sería su putita y él quería que estuviera a su disposición. Esas palabras me excitaron más que sus dedos.
Me preguntó si tenía lubricante y le dije que sí, uno de aceite que me regaló mi mamá. Sospecho que ya sabía que tarde o temprano iba a buscar la manera de tener sexo. Sabía que aún era virgen y que ya era tiempo de vivir la experiencia del falo.
El chico me puso en cuatro, me sujetó de la cintura para medir la distancia entre mi ano y su verga, y luego, tras pasear su pito entre mis glúteos, lo sostuvo con la mano e intentó penetrarme. Yo estaba tan nervioso que solo quería que todo pasara; no quería quedar mal con él, pero tampoco quería que me doliera. Lo intentó varias veces sin éxito. Sentí su desesperación rozándome la nuca.
Le pedí que esperara un poco y que me dejara volver a mamar mientras me relajaba. Entonces volví al placer de paladear un pene, de besarlo con mis labios y llenarlo de saliva. Me salió del alma, como si siempre hubiera sabido cómo hacerlo. Tal vez por ver porno o porque, sinceramente, soy bueno en ello. Desde ese momento entendí que uno de mis placeres más grandes es comerme sin remordimientos una deliciosa verga. Él sintió el éxtasis de mi lengua y se le ponía más dura. Luego le pedí que me besara las chichis y las chupara. Cuando accedió, sentí cómo mi cuerpo vibraba. Con solo eso, pude haberme venido, pero le había prometido la penetración… y soy hombre de palabra.
Así que lo intentamos de nuevo. Un hilo de saliva caía por mi culo. Esta vez, lo logró: entró, aunque solo la puntita. La dejó ahí unos segundos para que mi ano se acostumbrara, y luego me embistió. Sentí que se me iba a quebrar la cabeza. Fue un dolor horrible y le pedí que parara.
—Solo va a doler un poco —me dijo.
Pero al ver que el condón se había manchado de sangre, se asustó. El pene se le hizo flácido. Se le bajó el libido.
Me dio mucha pena. Sentí su molestia y su miedo al mismo tiempo, pero al menos le había advertido que era mi primera vez. Él falló como maestro, sin duda, pero yo también fui un pésimo alumno.
Desnudos, comenzamos a conversar de cosas banales. Lo masturbé un rato más, pero no se vino. Me dijo que no eyaculaba fácilmente. Vio que tenía libros y me pidió que le regalara un par. Accedí, porque me sentía culpable de no haber sido la pasiva entrona con lugar que él deseaba. Se los di.
Me prometió que repetiríamos y que esta vez sería mejor, pero no lo volví a ver, aunque estuve de migajera un buen tiempo. Qué pena me di. Como era el primero con el que experimentaba, sentía una suerte de confianza. Ya no me peló… hasta un año después, cuando surgió la posibilidad de un trío. Pero esa experiencia se las cuento en otro momento.