Manolo Caro vuelve a su tierra, Guadalajara, para levantar con su estilo inconfundible una historia que brilla con colores vibrantes, humor afilado y una crítica irreverente a las estructuras de poder: “Serpientes y escaleras”, su nueva serie para Netflix, es una comedia con farsa y melodrama que retrata con cinismo —y mucha estética— lo que sucede cuando el deseo de escalar posiciones se convierte en obsesión.
La narrativa gira en torno a “Dora”, interpretada por la siempre fascinante Cecilia Suárez, quien vuelve a colaborar con Manolo en un papel completamente alejado de su icónica “Paulina de la Mora”. Aquí, “Dora” es una prefecta aparentemente insignificante de una escuela privada para hijos de la élite, pero que al verse envuelta en un altercado entre dos estudiantes, descubre la oportunidad perfecta para escalar hacia su gran anhelo: convertirse en directora. No hay vuelta atrás. Y tampoco hay inocentes.
El elenco está lleno de rostros familiares y entrañables del cine y la televisión iberoamericana: Margarita Gralia destaca como “Josefina”, la directora actual, sofisticada y manipuladora; Marimar Vega se transforma en “Tamara”, la ambiciosa madre de uno de los niños del altercado, pero también está “Olmo” (Juan Pablo Medina), el padre de la otra estudiante implicada y que será pieza clave en el ascenso de “Dora”.
Por otro lado participan también Gerardo Trejoluna dando vida a un gobernador que como todo político tiene cola que le pisen. También vemos a Loreto Peralta, Germán Bracco, Benny Emmanuel, Michelle Rodríguez y un encantador Alfredo Gatica como “Roque”, el maestro de educación física que es mucho más que su cuerpo esculpido: es ingenuo, noble y termina siendo clave en este juego de intrigas. Su actuación es sin duda una de las más entrañables y matizadas del elenco.
Manolo Caro, como en otras de sus obras, no se guarda nada: hay diversidad sexual, erotismo, seducción, política, frivolidad y crítica social, todo mezclado con una paleta de colores viva, casi mágica, que recuerda a las atmósferas teatrales. Todos los actores logran habitar ese tono de comedia tan específico sin caer en la caricatura, destacando sus dotes histriónicos con naturalidad y entrega.
Uno de los grandes aciertos de la serie es que no hay buenos ni malos: solo personajes movidos por el interés, por el deseo de pertenecer o de no perder lo poco (o mucho) que tienen. Este enfoque permite que el espectador se cuestione constantemente: ¿qué haría yo en su lugar?
Sin embargo, no todo es perfecto. Si algo se le puede criticar a “Serpientes y escaleras” es la inconsistencia en el acento local. Aunque la historia se sitúa en Guadalajara, los personajes tienen un dejo extraño que por momentos suena más norteño que tapatío. Habría sido ideal escuchar muletillas más propias de la región como el “ira”, el “vedá” o el clásico “ey” con el cantadito que distingue al habla jalisciense. Además, hay ciertos errores de contexto e incongruencias en los diálogos que podrían haberse afinado con mayor cuidado.
Aun con estos detalles, la serie logra atraparnos en su espiral de ambición, secretos, traiciones y poder. “Serpientes y escaleras” es, como su nombre lo indica, un juego de ascensos y caídas que, con el sello personal de Manolo Caro, nos recuerda que a veces el precio de subir… es perderse o ganarse a uno mismo.