Texto de Daniel López
¿Está funcionando esto? La nueva película dirigida por Bradley Cooper plantea desde su título una duda incómoda, casi existencial. La pregunta no solo funciona como premisa narrativa, sino como una advertencia: algo en esta historia se ha fracturado, y sus protagonistas están a punto de enfrentarlo.
La cinta, que clausuró el festival 63 de cine de New York nos presenta a “Alex Novak” (Will Arnett) y “Tess” (Laura Dern), una pareja que atraviesa una crisis matrimonial tras años de relación y la construcción de una familia. No se trata de un conflicto explosivo ni de grandes traiciones; es, más bien, esa grieta silenciosa que aparece cuando el tiempo, la rutina y las expectativas individuales comienzan a pesar más que la promesa inicial.
Lo interesante del relato es que la crisis no surge únicamente del desgaste de la pareja, sino de la confrontación interna de cada uno con sus propias aspiraciones y vacíos. La película navega por sus emociones con sensibilidad y una mirada honesta, permitiéndonos ser testigos de una catarsis íntima, cercana y profundamente humana.
“Alex” inicia su proceso casi por accidente: una noche cualquiera decide probar suerte en el stand-up visitando el mítico Comedy Cellar, el club subterráneo del Greenwich Village neoyorquino. Lo que comienza como una distracción se convierte en una válvula de escape y, eventualmente, en una forma de reinventarse durante su nueva etapa de soltería. El escenario se transforma en terapia y espejo.
“Tess”, por su parte, enfrenta la transición desde una introspección más silenciosa. Intenta sostener sus emociones mientras se redescubre como mujer, sin dejar de lado su papel de madre. Su prioridad es preservar el bienestar emocional de sus hijos, lo que añade una capa de complejidad y madurez a su proceso.

Inspirada en hechos reales, la película encuentra su mayor virtud en la naturalidad. Los personajes secundarios (incluido el propio Bradley Cooper) aportan frescura y ritmo al guión. Aquí no hay grandes discursos moralizantes, sino conversaciones que se sienten vividas.
Puede que no sea el dramedy del año, pero la ligereza elegante de sus diálogos y la honestidad emocional de sus protagonistas permiten una conexión sincera con el espectador. La película deja una reflexión cálida: la edad no es sinónimo de sabiduría definitiva. Seguimos aprendiendo, tropezando y reconstruyéndonos. Y quizá, justo ahí, radique la respuesta a la pregunta inicial.