Vas a reír y llorar. “Eternidad” no es una comedia romántica en el sentido clásico ni una chick flick diseñada para el consumo fácil. La película de David Freyne propone algo más ambicioso: una reflexión íntima y, por momentos retadora, sobre las relaciones de pareja, el amor que idealizamos y el amor que se construye, sobre el apego, la rutina, la compañía y la vejez. Todo envuelto en una comedia ligera, accesible y profundamente humana.
La premisa es tan sencilla como poderosa. En una especie de vida después de la muerte —llamémosle un purgatorio — las almas tienen una semana para decidir dónde pasar la eternidad. Ahí llega “Joan” (Elizabeth Olsen), quien se enfrenta a una elección imposible: reencontrarse con el hombre con el que compartió la mayor parte de su vida, “Larry” (Miles Teller), o con su primer amor, “Luke” (Callum Turner), quien murió joven en la guerra de Corea y la ha esperado durante décadas.
Esta decisión, lejos de plantearse como un triángulo amoroso banal, se convierte en un viaje introspectivo sobre quién fue “Joan”, cómo amó y qué desea realmente para el resto de la eternidad.
Vivimos en un momento sociocultural en el que se romantizan muchas ideas del amor y se prioriza el individualismo desde un lugar más cercano al narcisismo que al amor propio. “Eternidad” dialoga con ese contexto y lo cuestiona con inteligencia. La cinta no juzga, pero sí invita a replantearnos qué esperamos del otro y, sobre todo, qué estamos dispuestos a dar. El amor aquí no se presenta como una emoción grandilocuente, sino como una suma de acuerdos, renuncias, decisiones cotidianas y actos de cuidado.
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“Joan” estuvo casada dos veces. Su primer matrimonio fue con “Luke”, un amor breve e intenso, truncado por la muerte. Con él apenas tuvo tiempo de vivir la vida en pareja, pero lo amó profundamente y lo idealizó durante años. “Luke” representa el deseo, la pasión, la juventud y el despertar a la adultez; es la promesa de lo que pudo haber sido y nunca fue. Es la fantasía intacta, el amor congelado en el tiempo.
“Larry”, en cambio, es el segundo marido, con quien compartió 65 años de vida. Con él construyó una familia, tuvo hijos, nietos y bisnietos. “Larry” representa la estabilidad, la cortesía, la calma y la armonía de un matrimonio cotidiano que no aspiraba a grandes fuegos artificiales, sino a envejecer juntos. Su relación no estuvo exenta de rutinas, silencios y pequeñas concesiones, pero también de una profunda complicidad. Así viven hasta que llega la muerte… primero para él y, poco tiempo después, para “Joan”.
El verdadero conflicto surge cuando ambos hombres coinciden en este “más allá” sin saber, al inicio, que aman a la misma mujer. “Luke” ha esperado 67 años para reencontrarse con “Joan” y no ha elegido su eternidad porque su decisión depende de ella. “Larry”, por su parte, ya había tomado una elección con la esperanza de que su esposa hiciera lo mismo y pudieran reencontrarse. Cuando “Joan” aparece y se reavivan los sentimientos del pasado, la película plantea una competencia emocional que va mucho más allá de quién “merece” su amor.
La cinta explora distintos panoramas: quedarse con uno, con otro o incluso elegir estar sola. Pero no lo hace desde una lógica simplista, sino desde preguntas profundas: ¿quién es Joan sin la mirada de esos hombres?, ¿qué hizo de su vida?, ¿cómo la vivió?, ¿qué quiere para la eternidad? En ese proceso, los personajes revisan su propia historia con ella y desmenuzan la diferencia entre la idealización del amor y la vida cotidiana que se construye día a día.
El cierre de “Eternidad” es claro y honesto: el amor va más allá del romanticismo. Amar implica acuerdos, convivencia, ceder, buscar la felicidad propia para poder compartirla con el otro. Amar también es pensar en la felicidad del ser amado desde cualquier arista, incluso cuando eso te coloca en desventaja.
Elizabeth Olsen construye una “Joan” divertida, contradictoria y profundamente humana, con decisiones que pueden o no gustar, pero que se sienten auténticas. Sin embargo, quien se roba la película es Miles Teller: desde el primer minuto resulta imposible no empatizar con “Larry”, un personaje entrañable, lleno de matices. Callum Turner ofrece una interpretación más ligera, aunque esto parece responder más a una decisión de dirección que a una carencia actoral.
Mención aparte merecen John Early y Da’Vine Joy Randolph. Aunque son personajes de soporte, se vuelven fundamentales: funcionan como una suerte de cupidos y chaperones encargados de guiar a las almas en su elección de eternidad. Su carisma, humor y calidez le aportan a la película una chispa encantadora que equilibra el peso emocional de la historia.